El rey y el elefante

Si ha habido un protagonista en Twitter esta semana, ése ha sido el Rey. El monarca decidió hace unos días irse a Botsuana de cacería porque sí, porque le apetecía, porque estaría (imagino) muy estresado y necesitaba relajarse un poco entre tiro y tiro. 

Lo que ha ocurrido ya todos lo sabemos, no voy a insistir en ello. Sabemos que ha matado al menos un elefante (si no más), una especie protegida. Sabemos que ocurrió un día después de dispararse su nieto Froilán en el pie mientras utilizaba un arma sin la edad reglamentaria para ello. Sabemos que la gracia ha costado 40.000 euros, más de lo que ingresa una familia española de media al año. Sabemos algunas de las razones que han podido motivar tan idílica excursión, las cuales no nos tranquilizan lo más mínimo. Sabemos que no es la primera vez que nos sorprende con actividades del estilo. Y sabemos que ha pedido perdón. Pero, ¿y qué?

A una gran parte de la población española, por no decir casi toda, nos ha sentado como un tiro (nunca mejor dicho) que don Juan Carlos decidiese ir a cazar elefantes y que lo hiciese ahora, en plena crisis. No han tardado en escucharse las voces que piden a gritos la abdicación del monarca, que para muchos no supone más que un gasto en una situación más que agobiante. Verdaderos líderes de opinión se han unido a la petición, que se ha incrementado por ocurrir el suceso el mismo día que se celebraba el aniversario de la Segunda República. Tomás Gómez, Ángels Barceló, Ignacio Escolar, The Financial Times, The Guardian… han sido algunos de ellos.

En un año especialmente complicado para la Familia Real, y clave en una etapa importante para la sucesión, la población muestra especial sensibilidad ante el viaje, que, por otro lado, no fue conocido públicamente hasta tener lugar el incidente. Se comenta que los motivos del viaje del Rey a Botsuana podrían ser su posible implicación en la red Nóos y el incidente de Froilán. ¿Nos habríamos enterado de lo acontecido el fin de semana si Juan Carlos no se hubiera roto la cadera? Los hechos nos dan a entender que no, puesto que no ha sido esta la primera vez que el Rey, que ostenta la presidencia honorífica de la organización conservacionista World Wildlife Found España (WWF) desde 1968, ha disfrutado de esta clase de ‘ocio’. En 2004, pagó 7.000 euros para matar en Polonia a uno de los últimos bisontes vivos que quedaban en Europa. De la misma forma, también cazó búfalos y otras especies en peligro de extinción. Dos años más tarde, dio la vuelta al mundo la noticia de que se había trasladado a Rusia para matar a Mitrofán, un oso de un zoo local que había sido emborrachado con miel y vodka y puesto delante de él para que le disparase. ¿Por qué debe resultarnos creíble ahora ese “Lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir”? Aún así, hay quien quiere creer que, de verdad, “no volverá a ocurrir”, pues sería tremendamente descarada la desvergüenza y falta de sentido común que habría de tener para repetir el numerito. Eso sí, el elefante ya está muerto.

El Rey empieza a fastidiar su imagen en un momento muy crítico, cuando nos inundan los recortes, los despidos y los dramas familiares. Sin lugar a dudas, no es un buen momento para abrir el debate sobre la jefatura del Estado, pero las noticias que nos llegan no nos dejan alternativa. ¿Qué le espera a la monarquía española de aquí en adelante?


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